La crisis del tránsito en la República Dominicana no debe entenderse simplemente como un déficit de asfalto o una desincronización de semáforos, sino como la manifestación más visible de una fractura en la cultura cívica. Para el diseño de políticas públicas, este enfoque es determinante: mientras el caos vial se aborde exclusivamente como un problema de ingeniería y no como un síntoma de la degradación del respeto a la norma, el Estado seguirá invirtiendo en soluciones estructurales que serán neutralizadas por la conducta social.
Las recientes declaraciones de Juan Hubieres desplazan el eje del debate, retirando el peso de la responsabilidad únicamente de las instituciones para situarlo en el comportamiento individual. Esta perspectiva sugiere que el caos es, en gran medida, una construcción colectiva derivada de la cotidianidad ciudadana.
Pilares del argumento de Hubieres sobre el caos vial:
- La primacía de la conducta individual: El estancamiento no es solo falta de vías, sino el resultado de decisiones deliberadas de conductores y transeúntes que ignoran el ordenamiento.
- Desplazamiento de la responsabilidad estatal: Al señalar al ciudadano como el actor principal del desorden, se redefine la demanda social; el problema deja de ser la falta de agentes para ser la falta de educación vial.
- La cultura del incumplimiento como norma: Se identifica un patrón donde la infracción es la herramienta común para navegar el espacio público, anulando la eficiencia de cualquier inversión en infraestructura.
Esta erosión de la convivencia en las vías públicas no es un fenómeno aislado, sino que guarda una correlación directa con los riesgos de seguridad física y violencia que enfrentan los ciudadanos en otros espacios de interacción social.